Resumen

Quienes tuvimos el honor de compartir aunque sea una parte de nuestra vida con Sebastián lo recordaremos siempre por sus innumerables virtudes.


A pesar de ser dueño de una inteligencia fuera de lo común y de un conocimiento enciclopédico, tanto de la medicina como de cualquier otro tema de su interés, era un cultor acérrimo del perfil bajo y el trabajo silencioso, por el que nunca esperó ni quiso una devolución distinta a la satisfacción de la labor realizada.


Era correcto hasta lo humanamente imposible, respetuoso sin ningún miramiento e infinitamente paciente.


Tenía una mente inquieta, hambrienta de conocimientos de lo más variados, desde botánica hasta historia medieval. Era capaz de hablar y explicarte con una inagotable paciencia desde por qué era tan importante la polaridad de la molécula del agua en la evolución de la vida en la Tierra, hasta por qué el estribo fue la clave del éxito de las conquistas Mongoles de no sé qué siglo, pasando por la brillantez de Borges al describir cómo un personaje mataba a otro con una hoja de bronce, porque era el período histórico que correspondía.


Mientras tanto, como si nada, te explicaba lo que estaba mirando al microscopio de alguna forma distinta, tan apasionadamente que no había forma de no aprender y querer entender y ver lo que él veía, como él lo veía.


Seba trenzaba cuero, tocaba el violín, hacía dulces caseros, cultivaba plantas aromáticas para cocinar con ingredientes de su propio jardincito, salía a andar en bici y a caminar solo por la montaña, a escuchar el silencio, a encontrarse. Supo hacer todo esto y mil cosas más que yo nunca sabré, sin esperar a que el momento se presentara solo: supo estrujar el tiempo hasta sacarle la última gota.


Pero más allá de todo esto, como si algo de esto fuera fácil de superar, Seba tenía una nobleza de esas que no se aprende, que no viene con el apellido. Seba era BUENO. Pero BUENO en serio. Era corto de genio, sí, sobre todo al principio. Pero eso era menos que una coraza que se caía al minuto de estar con él, para dejar al descubierto una calidez que no se encuentra fácilmente. Te hacía sentir cómodo, no te cuestionaba. Te interpelaba todo el tiempo, porque sabía ver lo mejor de cada uno y sacártelo a preguntas, pero no te juzgaba nunca.


Cuando se fue del Servicio -y sé que hasta el día de hoy- no pasa una semana sin que algún paciente pregunte qué fue de la vida del colorado mendocino, le mande saludos o hasta pida que lo siga atendiendo a pesar de no estar más. Porque así como era con sus afectos, era con sus pacientes.


Seba era un amigo único, un médico único, una persona única.


Sí, ya sé: únicos somos todos. Pero él lo ejemplificó mejor que nadie.


Nos va a faltar siempre y a la vez va a estar a cada paso a nuestro lado, como un espejo en el que uno desearía verse reflejado alguna vez.


Ojalá algún día alguien me recuerde un poquito nomás como yo, y como sé que todos los que lo quisimos y queremos, lo recordaremos siempre.