Resumen

No son muchos los que a través de toda su vida mantienen una absoluta coherencia entre lo que piensan, lo que dicen y lo que hacen. Tampoco abundan los que a través de los años viven su profesión con la misma curiosidad y entusiasmo y el mismo amor que tenían al iniciarse en la misma. Finalmente escasean los que generosamente se desviven por iluminar a los demás, por trasmitir su saber y su experiencia humildemente, por compartir sus hallazgos sin buscar ningún reconocimiento ni ninguna distinción.
Los que reúnen todas esas características son los verdaderos Maestros, y Carlos Alberto Barros demostró, en todo momento, ser eso: un verdadero maestro de la Hematología y un maestro de la vida.
Nació el 15 de noviembre de 1932 y egresó de la Facultad de Medicina de la UBA con el título de médico el 30 de diciembre de 1957, con un promedio de 8,85 puntos. Se inició en la profesión en la Sala IV del viejo Hospital de Clínicas, bajo la dirección del Profesor Osvaldo Fustinoni, y luego accedió a un cargo rentado, por concurso. Fue médico concurrente del Servicio de Enfermedades de la Sangre del Hospital Ramos Mejía, a cargo del Dr. Gregorio Bomchil, y en 1962 fue becado por la OMS para realizar el curso de "Perfeccionamiento y capacitación sobre entrenamiento en el uso clínico de los radioisótopos", en el Hospital "El Salvador" de Santiago de Chile, que duró dos años. En 1963 fue designado miembro titular
de la Sociedad Argentina de Hematología, de la que más tarde sería vocal suplente y después vocal titular.
Al pasar la Sala IV al nuevo Hospital de Clínicas, se creó en éste la Sección Hematología, para agrupar en ella a los equipos de la especialidad de todas las cátedras, y en 1972 fue elegido por concurso Jefe de la misma.
En 1986 al trasladarse al Hospital la IV Cátedra de Medicina del Hospital Rawson, con su sección Hematología, se unificó ésta última con la ya existente en el Clínicas, creándose la División Hematología, siendo designado como Jefe el Dr. Julio César Sánchez Ávalos, permaneciendo Barros como jefe de Sección.
Se crearon la Residencia, y los Laboratorios de Citometría, de Función Plaquetaria, de Hemostasia y de Cultivo de Médula Ósea.


En 1999 Carlos Barros obtuvo por concurso el cargo de Jefe de la División, cargo que mantuvo hasta su jubilación.
Durante toda su vida profesional participó en innumerables mesas redondas, ateneos, congresos, escribió más de cincuenta trabajos científicos que fueron publicados en revistas nacionales y extranjeras y dictó clases de la especialidad a numerosas generaciones de estudiantes y residentes. Ya jubilado, no dejó de asistir a los ateneos del Hospital ni a la reuniones mensuales de la Sociedad Argentina de Hematología, aportando siempre su experiencia y sus conocimientos, que siempre mantenía al día, gracias a una férrea disciplina de leer los adelantos de la especialidad en publicaciones y comunicaciones.
Carlos Alberto Barros fue un hombre vital, entusiasta, infatigable trabajador, contenedor con sus pacientes, cariñoso y paciente con los que éramos sus discípulos, sereno con sus juicios, brillante en el análisis clínico de los casos que le tocaba asistir, preciso y certero en el diagnóstico microscópico.
Su vocación docente permanente se traducía en compartir sus ideas con todos, en aportar comentarios valiosos en ateneos y reuniones, en transmitir sin ninguna soberbia, con inmensa humildad y sencillez su consejo sobre los casos que nos preocupaban.
Pero además, desde el punto de vista humano amaba a su familia, constituida por su inseparable esposa Gloria y sus hijos Fernanda, Virginia, Jorgelina y Gaspar, y sus nietos que estaban siempre en su pensamiento y a los que admiraba por sus logros y que heredaron de sus padres y abuelos el trato cariñoso, la sencillez y la alegría de vivir. Y quería entrañablemente a sus amigos y a sus discípulos.
Finalmente hay un aspecto de su vida que no es conocido por todos: fue un gran deportista, que cultivó el esquí acuático, el atletismo, la natación y el maratonismo, disciplina en la que participó en numerosas competencias con mucho éxito. 
Fue un hombre bueno, un médico excelente, un amigo muy querible. El 18 de diciembre del año pasado un súbito accidente cerebrovascular puso fin a su vida, cuando todavía se desempeñaba en la profesión sin descanso.
Su ausencia ha dejado un gran vacío, pero su recuerdo permanecerá siempre en nuestros corazones.